--Midnight Special—

(fragmento)

Cuento ganador del Premio Internacional <<Ramos Ópticos>> al mejor relato sobre jazz, en su IIª edición 2018

 

  Hay noches que carecen de ámbito, se extienden inmensas en una oscuridad imposible y sin límites conocidos, como esta. Hace apenas unos días, Frank y Danilo no sabían nada el uno del otro. Podría decirse que ambos no son tan diferentes, físicamente hablando. Son curiosos, a veces, ciertos parecidos entre personas sin parentesco alguno. Similares estaturas, semejante color de pelo –el cabello de Danilo es más abundante y largo--, ojos castaños. Frank es siete años mayor, eso es cierto, y en otro tiempo, no tanto tiempo atrás, hubiera sido notablemente más corpulento que Danilo, pero ahora está muy delgado, secuelas de su enfermedad, y eso les hace aún más parecidos. Ambos llevan diez días viéndose, de forma esporádica, aunque Frank ya había espiado a su futura víctima durante una semana antes de mostrarse. Le hizo fotos, le filmó, hasta logró algunas muestras de sus huellas dactilares. Había que asegurarse, confirmar la identidad al cien por cien, no fiarse sin más de los primeros ojeadores, quienes habían dado con el rastro de Danilo, remitir los datos a los que le habían enviado, aguardar el visto bueno para actuar y rematar la faena. Rematar. Un profesional como él no podía equivocarse de objetivo, acabar así su carrera, con un error garrafal, trágico e infamante, porque este va a ser su último trabajo. Punto final. Lo sabe él, lo saben quienes le pagan desde hace diez años por realizar semejantes encargos. Esta vez van a premiarle especialmente, una suerte de despedida, una buena morterada, una gratificación extra por los buenos servicios prestados durante tanto tiempo.

  Frank está enfermo, muy enfermo. El último tratamiento no funcionó y el pronóstico es ya irrevocable. Él no lo ha comunicado a sus jefes, todo ha tratado de llevarlo con gran discreción, entre encargo y encargo, pero esos se acaban enterando de casi todo. Esta vez, incluso han accedido a pagarle por adelantado bastante más de lo convenido en otras ocasiones –hasta ese extremo se fían de él--, una cantidad que, por sí sola, le arreglaría la vida a cualquiera –la vida--, y el resto, como de costumbre, se lo entregarán al acabar, cuando Danilo ya esté muerto. ¿Para qué querrá tanto dinero ese otro condenado?, se habrán preguntado esta vez esos jefes. ¿Quizás para pagarse un lujoso hospital privado donde pasar sus últimos días colmado de atenciones? ¿Para tener luego el funeral digno de una estrella del rock?

  Frank es un lobo solitario, no tiene familia, que se sepa  --esos lo sabrían--, no se le conocen amoríos recientes, apenas trata ocasionalmente con prostitutas. Tampoco tiene aficiones caras o extraordinarias, nada de coches lujosos, vacaciones en paraísos caribeños, ni ruleta ni naipes. También en esa falta de ostentación ha demostrado siempre ser un profesional de fiar. Es un tipo casi ascético, frugal con la comida --claro que, ahora, la enfermedad y la medicación le han arrebatado el comedido apetito del que antes gozaba— y  nunca fue un bebedor afanoso. Su única afición conocida es la música. Concretamente, el jazz. Nadie sabe de dónde le viene semejante pasión, porque eso es sin duda, quién se la inculcó, pero es que hay cosas que no tienen explicación. Posee una colección importante de viejos vinilos, grabaciones legendarias, como incunables del jazz, que con el tiempo ha ido replicando en su totalidad, pasándola a otros formatos más sofisticados y duraderos, añadiendo constantemente nuevas estrellas rutilantes a ese universo de interpretaciones predilectas. Como puede permitírselo, ha llegado a recorrer miles de kilómetros en poco tiempo con tal de no perderse según qué concierto irrenunciable, y suele frecuentar por medio mundo ciertas salas de renombre donde, a su juicio, se interpreta buen jazz. Parece que Frank es exigente, muy exigente. Un público nada fácil. Ya es mala suerte que su último trabajo sea para matar, precisamente, a un músico. A un músico de jazz.